Tlanezi Calli y la larga lucha por el COMÚN

Colectivo Grieta

El domingo 9 de febrero se realizó una jornada de trabajo colectiva de arte convocada por la comunidad de Xochitlanezi y el Colectivo Brújula Roja con el fin de seguir avanzando en la construcción de un proyecto comunitario. La construcción de una vida digna en la periferia oriental de la Ciudad de México sigue las pautas de la larga historia de lucha que tiene esta organización y de la resonancia que ha tenido el llamado del EZLN a la construcción de lo COMÚN para esta organización.

Mientras se hacia el trabajo colectivo y las pintas, un compañero del Concejo de Xochitlanezi con una amplia trayectoria en el movimiento urbano-popular, comparte sus palabras.

La actividad tuvo lugar en el terreno de El Molino, una zona situada dentro de la delegación Iztapalapa que, en su momento fue catalogada por el Estado como un “foco rojo” debido a la intensa movilización urbano-popular que emergió en la década de los años 80. Miles de migrantes se instalaban en esta área de la gran metrópolis debido a los estragos provocados por el terremoto de 1985 que dejó a miles de personas sin hogar. De manera simultánea, las políticas de despojo del campo implementadas en diferentes estados del país fueron obligando a varias familias a abandonar sus comunidades en busca de la supervivencia en la ciudad.

Desde una mirada crítica, el compeñero del Concejo de Xochitlanezi cuenta que aquellos fueron años de intensa movilización popular en la zona oriental de la metrópoli. Sin embargo, al interior de las organizaciones, surgían dificultades que obstaculizaban la construcción de un verdadero movimiento colectivo. Señala que uno de los mayores problemas era el protagonismo de los dirigentes que priorizaban sus intereses personales sobre las necesidades de las bases y el trabajo comunitario. Asimismo, destaca el papel del Estado en el debilitamiento de estas luchas, recurriendo a tácticas de cooptación y división. Entre ellas, la más evidente era la manipulación ejercida a través de los partidos políticos, utilizados como herramientas de control, ya fuera mediante la represión o mediante incentivos económicos. El compañero del Concejo lo resume de manera contundente: “Si no era con garrote, pues mejor con un chingadazo de dinero”.

En el relato que nos comparte en compañero, queda claro que construir un pensamiento comunitario siempre fue una tarea complicada, no sólo debido a la estrategia del Estado para generar división ni tampoco por las prácticas viciadas de las propias organizaciones y sus dirigentes   “vanguardistas”, sino también porque la lucha por la vivienda nunca se planteó desde una perspectiva verdaderamente comunitaria, donde el bienestar colectivo estuviera en el centro. En aquel entonces, muchas organizaciones basaban su enfoque en la idea de conseguir una “unidad habitacional”, sin considerar la construcción de una comunidad en sentido amplio. “Con el tiempo, comprendimos que era necesario cambiar esa visión y dejar de pensar únicamente en unidades habitacionales para empezar a concebir y fortalecer verdaderas comunidades, o sea que fuera la voz colectiva la que imperara.

Desde una mirada crítica, el compañero del Concejo relata la historia del movimiento urbano popular, enfatizando la necesidad de hacer una valoración autocrítica como ejercicio necesario para seguir caminando en la actualidad.

Provenimos del Movimiento Urbano Popular (MUP) y, en nuestros inicios, luchábamos para que el Estado cumpliera con lo establecido en el artículo 4º de la Constitución, es decir, garantizar el acceso a una vivienda digna para todos los mexicanos. En aquel tiempo, la presión del movimiento lograba que el gobierno cediera y estableciera el Instituto de la Vivienda. Sin embargo, este organismo terminó convirtiéndose en una entidad que, lejos de facilitar el acceso a la vivienda, impuso criterios rígidos sobre lo que debía considerarse una “vivienda digna”. Entre sus restricciones más marcadas, estableció que solo quienes percibieran cierto número de salarios mínimos podrían acceder a un crédito habitacional, lo que excluyó a amplios sectores de la población. En ese sentido, la llamada “vivienda de interés social” terminó siendo cualquier cosa, menos realmente de interés social. Esta realidad nos llevó a replantearnos qué significaba realmente luchar por una vivienda digna y, más allá de eso, por una vida digna”.

Esto se debía a que la población que se asentaba en esta zona de la ciudad era mayoritariamente migrante, proveniente de estados como Oaxaca, Chiapas, Guerrero y Veracruz. Mientras imperaba una práctica vertical y un estado volcado a dividir a las organizaciones, “nosotros considerábamos fundamental analizar las razones detrás de la migración, entendiendo que en la historia de cada persona residía una riqueza invaluable para la construcción de lo común”. La migración, en muchos casos, representaba tanto el despojo de la historia como la promesa del progreso. Ante esta realidad, se planteaba la necesidad de edificar nuevas formas de comunidad sin perder la memoria y la experiencia de vida de quienes llegaban. “Se buscaba rescatar y fortalecer las prácticas comunitarias que los migrantes ya traían consigo, como el trabajo colectivo, el tequio y otras formas de organización solidaria”.

El compañero del Concejo reflexionaba sobre aquel periodo y enfatizaba que quienes asumían la dirección de las organizaciones muchas veces contribuían al despojo de la historia, silenciando narrativas y manipulando a las bases. Señalaba que las personas que llegaban a la ciudad ya habían sido previamente despojadas y, mientras tanto, las organizaciones verticales que se autodenominaban de vanguardia utilizaban a estos compañeros como botines, como herramientas para sus propios fines. Frente a este escenario,  el mayor reto siempre fue construir colectividad y organización a partir de esa realidad de vacíos y despojos con la que llegaban los migrantes. Se planteaba una cuestión fundamental: “¿Cómo explicarle a alguien que queremos construir un espacio comunitario sin el respaldo de ningún partido ni de ningún poder que lo proteja? Aquí no se reparten casas, aquí luchamos por una vida digna”. Desde esta perspectiva, se enfatizaba la importancia de centrar los esfuerzos en respetar los distintos modos de cada persona, reconociendo la diversidad como base para construir una fuerza colectiva.

“Nosotros considerábamos que era fundamental recuperar la historia de las personas que llegaban a asentarse a esta zona y pensar nuestra práctica desde ahí. De ahí surgió lo que nosotros llamamos SOS (servicios, oficios y saberes). Es decir, que tiene cada quien para compartir a la comunidad, qué sabe, con qué puede contribuir al colectivo. Esa era la base sobre la cual comenzábamos a trabajar, porque sabiendo quiénes éramos, no habría nadie que llegara de fuera a decirnos quiénes somos”

 

Con esta idea anclada en lo colectivo, comenzaron a construir la organización, no como un movimiento centrado exclusivamente en la lucha por la vivienda, sino como una colectividad que aspiraba a una vida digna. Para ellos, la problemática no se reducía únicamente a la falta de vivienda, sino que abarcaba otros aspectos fundamentales como el empleo, la alimentación, la salud y la educación. En este sentido, su práctica resonó profundamente con el ¡Ya basta! de los zapatistas, identificándose de inmediato con ese grito y con su manera de comprender el mundo. Desde esta visión y experiencia organizativa, el 29 de mayo de 1995 nació el grupo que se autodenominó TlaneziCalli “Casa del Amanecer”, y así quedó registrado oficialmente, surgiendo con el corazón abierto a la convocatoria y el espíritu de lucha del EZLN que se levantó en armas poco más de un año antes.

“No fue fácil. Para esas fechas, el movimiento urbano popular ya olía a cadáver por esas prácticas de las direcciones, “los iluminatis” que decidían qué hacer, imponían y no construían, imponían y traicionaban, y se iban con los partidos políticos. Por eso para nosotros era una lucha interna en el movimiento urbano popular. Nunca nos gustó el término peyorativo de las masas, y nosotros le llamamos siempre “las bases”. Nacimos con ese pensamiento.”

 

Dentro de la organización, el proceso comenzó desde la base, estructurándose a través de comisiones y explorando las habilidades, conocimientos y prácticas con las que contaba cada persona. A partir de este reconocimiento, distintos compañeros y compañeras fueron integrándose a las comisiones según sus oficios y capacidades. De este modo, se dieron los primeros pasos hacia la construcción de lo comunitario, consolidando un pensamiento colectivo que se fortalecía a través de la práctica diaria.

Sin embargo, los embates de la política electoral nunca cesaron, y la infiltración de los partidos políticos generó divisiones internas que mantuvieron una lucha constante dentro de la organización, especialmente a partir de las elecciones locales de 2009. El compañero del Concejo relata que defender la autonomía siempre ha sido un desafío, ya que los partidos políticos, con su voracidad, han intentado fracturar y dividir el movimiento. En su caso, también enfrentaron esta amenaza, pero se negaron a ceder. Aun así, la división interna fue profundamente desgastante y los dejó en una posición de aislamiento frente a la creciente presencia de los partidos, que fragmentaban el tejido organizativo.

En ese difícil contexto, la organización quedó reducida y debilitada, con pocas luces que les brindaran acompañamiento y apoyo. Entre esas luces estuvo la presencia solidaria y constante de la Organización Popular Francisco Villa Independiente (OPFVI), a quienes reconocen como una de las luchas ejemplares. También contaron con el respaldo de laRed de Apoyo Iztapalapa Sexta (RAIS) y del  Partido de los Comunistas, cuyos miembros les brindaron un abrazo solidario. Además, recibieron apoyo de varias otras organizaciones que contribuyeron a sostener su resistencia.

La lucha por el terreno de El Molino

Parte del conflicto interno giró en torno a la disputa por el terreno de El Molino, el cual fue reconocido como parte de TlaneziCalli por las autoridades en 2015 y el cual tiene capacidad para la construcción de 120 viviendas. El gobierno  lo entregó con la promesa de dotarlos con recursos para su construcción. Sin embargo, para frenar el avance del proyecto, comenzaron a argumentar que no era posible edificar debido a la presencia de una “grieta”. Comentaba el compañero del Concejo que, si habían grietas,  eran provocadas por el agotamiento de los mantos acuíferos, causado por la extracción excesiva de agua para grandes desarrollos urbanos. “Se llevan el agua de acá para los megaproyectos urbanos que siguen construyendo en toda la ciudad, y nos pasan a joder. No obstante, realizamos un estudio del suelo que demuestra que la construcción de vivienda en este lugar sí es viable

El compañero mencionó que el Instituto de Vivienda de la Ciudad de México argumenta que no es posible construir en la zona debido a la falta de condiciones para instalar drenaje y a la inexistencia de lo que denominan “factibilidad de servicios”. Sin embargo, esto parece ser más un obstáculo burocrático, ya que en el terreno vecino al predio del Molina hay tanto una fábrica como un condominio, y aun así no se han impuesto restricciones para edificar.

La oposición del gobierno al proyecto ha sido evidente, al punto de que, mientras se le niega la autorización a Tlanezi bajo el argumento de la presencia de grietas, el Estado, sin permiso y con el aparente propósito de bloquear el proyecto, instaló un centro comunitario Pilares justo al lado, acompañado de otro centro comunitario vinculado a este programa. “Curiosamente, el Estado sí se otorga los permisos a sí mismo, instalando infraestructura precisamente para perjudicarnos y obstaculizarnos. Ahí sí hay agua, ahí sí hay drenaje y, aparentemente, ahí ‘no hay grietas’”.

Además, la jefa de gobierno nunca concedió una audiencia, a pesar de que el proyecto propuesto para el terreno de El Molino ofrece múltiples beneficios, incluyendo cosecha de agua y el uso de ecotecnias. Este plan, diseñado con la participación en COMÚN de ingenieros, técnicos y profesionales de la propia organización, no tuvo la oportunidad de ser expuesto, justificado ni defendido ante las autoridades. “Esta cerrazón y todas las trabas que nos han puesto comenzaba a desanimar a los compañeros. Incluso internamente los coptados y coptadas por el malgobierno nos tratan de quitar nuestro nombre oficial de Tlanezi Calli (Casa del Amanecer) A.C. porque este terreno quedó a nuestro nombre. Pero saben que no podrán lograrlo porque tenemos el corazón solidario de los colectivos y organizaciones que nos apoyan”.

Ante el desánimo que comenzaba a surgir debido a las numerosas trabas burocráticas y lo que el compañero del Concejo describe como “la forma corrupta de operar en distintas instancias de gobierno”, los integrantes de Xochitlanezi-Brújula Roja iniciaron la búsqueda de un nuevo terreno, dado que la construcción en El Molino se tornaba inviable. Aunque la lucha por El Molino continúa y el terreno sigue bajo el resguardo de Xochitlanezi, la imposibilidad de edificar ahí los ha llevado a buscar alternativas.

En ese proceso de búsqueda nos enfrentamos nuevamente a esas prácticas corruptas dentro del gobierno, pero tras insistir, presentar argumentos legales que respaldaban nuestro derecho a luchar por ello, logramos abrir un nuevo proyecto en Tláhuac. Encontramos ese terreno de una hectárea en Tláhuac y llevamos a cabo todas las gestiones necesarias. Después de varios años de esfuerzo, el asunto se resolvió y finalmente lo adquirimos a finales de 2024, con el compromiso de que este espacio será destinado a la comunidad de Xochitlanezi”

Aquí comienza una nueva etapa en la construcción comunitaria. Tras años de desgaste ante el hostigamiento del Estado y una lucha constante, este nuevo proyecto representa un desafío que trasciende a la comunidad de Xochitlanezi. Se reconoce que la lucha por la vivienda es, en esencia, una lucha por una vida digna, y por ello debe concebirse desde una perspectiva comunitaria y basada en lo COMÚN.

Así, la comunidad de Xochitlanezi, forjada en la lucha desde hace más de 30 años, sigue tejiendo su historia desde abajo, con el corazón colectivo y la dignidad como estandarte. Siempre bajo el principio de mandar obedeciendo, siempre caminando al lado del Ejército Zapatista de Liberación Nacional, hoy vuelve a demostrar su infinita capacidad para sembrar enseñanzas, compartir caminos y ofrecerse por entero a la tarea de hacer brotar la semilla de la vida, la lucha, la resistencia y la rebeldía. Este andar de años, sembrado con esfuerzo y regado con esperanza, florece ahora con la mirada y la experiencia de otras colectividades. En este COMÚN que se entrelaza, nos enseñan que la construcción de una vida digna es posible, incluso en la mayor de las adversidades, siempre que se camine de forma colectiva y organizada

 

 

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